
El reloj de la plaza de
la estación ferroviaria Urquiza marcaba las 15:25 advirtiéndome que el próximo
tren estaba por llegar. Mi destino, no ameritaba entusiasmo alguno en ese
momento. Debía ir hasta la Biblioteca Nacional en búsqueda de datos para un
trabajo especial sobre biología. Un verdadero fastidio para mis recién
cumplidos dieciséis años y sobretodo cuando la tarde de un otoño tibio me
invitaba a dar un paseo más agradable.
La estación de tren, inusualmente
saturada como ningún otro sábado, sería la testigo de un encuentro fugaz que cambiaria mi vida.
Entre la multitud
impaciente y malhumorada, pude observar un rostro atípico, inmutable, cálido pero
misterioso. Un dejo de timidez asomaba en una mirada inquietante y profunda
sobre mí.
Rápidamente me siento
intimidada, nerviosa pero halagada por un joven unos años mayor que yo, me haya
percibido en tal corriente escenario. Sin embargo me irrumpe cierto pudor y no
hago más que perderme entre los pasajeros.
15:30 y el tren se
detiene. Subo y no consigo asiento como era de esperar. Sin embargo allí vuelvo
a verlo, muy cerca, expectante, con casi un murmullo en los labios mudos.
Se me acerca cada vez
más y con una simple y satisfactoria presentación comienza una amena charla que
acompaña nuestro viaje de 35 minutos. “Hola,
como estas? Soy Marcos, disculpame si te incomode, solo me llamaste la atención”
me dijo con un tono de voz dulce y descuidado. Esas iniciales palabras me
relajan y me hacen sentir una incipiente confianza que luego se transformaría
en algo más. Mientras tanto, me mantengo atenta e interesada en su casi
monologo. Me comenta que había llegado hace unos días de la provincia de
Misiones, con la promesa cumplida de un trabajo en una fábrica cercana a Urquiza.
Estaba solo y con tiempo disponible; declaraciones muy directas que a mi
temprana edad no había tenido tiempo ni experiencia de poder asimilarlas.
Llegamos a la Ciudad y
entre risas sonrojadas de mi parte, me pide si puede acompañarme a mi destino. –
Sí – Respondo casi interrumpiéndolo, dejándome llevar por el encanto y
exaltación del momento.
Es así que esa tarde de
expectativas endebles se tornó divertida, inesperada y excitante. Me cautivaba
su presencia, su sonrisa franca y fresca, su sentido del humor y esas cualidades
primeras que en mi adolescencia importaban más que otra cosa. Un cosquilleo repentino comenzaba a invadirme, a
elevarme.
18:45 y la tarde termina
con una invitación formal para un próximo encuentro y un beso suave en la
mejilla. No podía esperar verlo nuevamente. Mi ansiedad no me dejo dormir esa
noche.
Así comenzamos a vernos
casi diariamente. Con cada encuentro, sentía los estallidos de mi corazón
vibrante, me estremecía al escuchar su voz, esas ansias y el efecto “mariposas
en la panza” eran mis sensaciones
frecuentes y tan novedosas como
deslumbrantes. Sentía el cosquilleo del primer amor, que me elevaba al
más radiante crepúsculo y me infundía su energía avasallante. La felicidad era
mía.
Por otro lado no debo
olvidar el aval de mis padres frente a esta relación. Me permitían salidas
diurnas con Marcos y pese a tener sus temores típicos, enfrentaban la situación
con comodidad. De hecho, mi padre es quien se mostraba mayormente interesado y solía
invitarlo los fines de semana a mi casa.
Se sucedían los días de
amor, alegría y mayor entusiasmo. Nuestros paseos por los bosques de Palermo se
parecían a recorridos por senderos mágicos que me enmarcaban cual princesa en
su palacio, nuestras charlas casi banales me entretenían sobremanera, tanto así
que terminábamos de hablar por teléfono a medianoche. Algo similar ocurría en
los recreos del colegio San Martín, cuando mis amigas curiosas por poco exigían
detalles de cada encuentro con mi ser amado y llegábamos tarde a la clases.
Pronto llegó el invierno
y las tardes frías me anunciaban abrazos cariñosos y una tasa de café con leche
en nuestro bar favorito sobre la Avenida del Libertador. Sin embargo, una tarde
gris me encontraría sin sonrisas y sin sueños.
Este muchacho de sedosos
y rubios cabellos, me contaba con preocupación que debía partir con urgencia a
su ciudad natal, Oberá, Misiones. Su madre sufría de una enfermedad, nunca
confirmada.
— Cuando llegue, te llamo y te aviso, no te preocupes mi amor — me dijo. La promesa estaba hecha
y el tiempo lo diría todo.
Marcos no volvió a
aparecer y así la tristeza tiñó de negro el invierno de 1997. La melancolía y
el desgano se empecinaban en acompañarme en cada momento. ¿Por qué? Era la
pregunta infinita sin respuesta. Lo que había vivido, quizás real, quizás utopía,
era solo un recuerdo constante en mi mente, una marca de dolor en mi joven
corazón que no había experimentado tal decepción.
El primer amor me trajo
un torbellino de fantasías, una ráfaga de ilusiones, una felicidad que vio
florecer margaritas y jazmines en pleno otoño, besos y abrazos interminables, pero también las primeras lágrimas y el
desencanto de una historia tierna, fugaz e inolvidable.

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