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martes, 14 de mayo de 2013

Promesas de Otoño


El reloj de la plaza de la estación ferroviaria Urquiza marcaba las 15:25 advirtiéndome que el próximo tren estaba por llegar. Mi destino, no ameritaba entusiasmo alguno en ese momento. Debía ir hasta la Biblioteca Nacional en búsqueda de datos para un trabajo especial sobre biología. Un verdadero fastidio para mis recién cumplidos dieciséis años y sobretodo cuando la tarde de un otoño tibio me invitaba a dar un paseo más agradable.
La estación de tren, inusualmente saturada como ningún otro sábado, sería la testigo de  un encuentro fugaz que cambiaria mi vida.
Entre la multitud impaciente y malhumorada, pude observar un rostro atípico, inmutable, cálido pero misterioso. Un dejo de timidez asomaba en una mirada inquietante y profunda sobre mí.
Rápidamente me siento intimidada, nerviosa pero halagada por un joven unos años mayor que yo, me haya percibido en tal corriente escenario. Sin embargo me irrumpe cierto pudor y no hago más que perderme entre los pasajeros.
15:30 y el tren se detiene. Subo y no consigo asiento como era de esperar. Sin embargo allí vuelvo a verlo, muy cerca, expectante, con casi un murmullo en los labios mudos.
Se me acerca cada vez más y con una simple y satisfactoria presentación comienza una amena charla que acompaña nuestro viaje de 35 minutos. “Hola, como estas? Soy Marcos, disculpame si te incomode, solo me llamaste la atención” me dijo con un tono de voz dulce y descuidado. Esas iniciales palabras me relajan y me hacen sentir una incipiente confianza que luego se transformaría en algo más. Mientras tanto, me mantengo atenta e interesada en su casi monologo. Me comenta que había llegado hace unos días de la provincia de Misiones, con la promesa cumplida de un trabajo en una fábrica cercana a Urquiza. Estaba solo y con tiempo disponible; declaraciones muy directas que a mi temprana edad no había tenido tiempo ni experiencia de poder asimilarlas.
Llegamos a la Ciudad y entre risas sonrojadas de mi parte, me pide si puede acompañarme a mi destino. – Sí – Respondo casi interrumpiéndolo, dejándome llevar por el encanto y exaltación del momento.
Es así que esa tarde de expectativas endebles se tornó divertida, inesperada y excitante. Me cautivaba su presencia, su sonrisa franca y fresca, su sentido del humor y esas cualidades primeras que en mi adolescencia importaban más que otra cosa. Un  cosquilleo repentino comenzaba a invadirme, a elevarme.
18:45 y la tarde termina con una invitación formal para un próximo encuentro y un beso suave en la mejilla. No podía esperar verlo nuevamente. Mi ansiedad no me dejo dormir esa noche.
Así comenzamos a vernos casi diariamente. Con  cada encuentro, sentía los estallidos de mi corazón vibrante, me estremecía al escuchar su voz, esas ansias y el efecto “mariposas en la panza”  eran mis sensaciones frecuentes y tan novedosas como  deslumbrantes. Sentía el cosquilleo del primer amor, que me elevaba al más radiante crepúsculo y me infundía su energía avasallante. La felicidad era mía.
Por otro lado no debo olvidar el aval de mis padres frente a esta relación. Me permitían salidas diurnas con Marcos y pese a tener sus temores típicos, enfrentaban la situación con comodidad. De hecho, mi padre es quien se mostraba mayormente interesado y solía invitarlo los fines de semana a mi casa.
Se sucedían los días de amor, alegría y mayor entusiasmo. Nuestros paseos por los bosques de Palermo se parecían a recorridos por senderos mágicos que me enmarcaban cual princesa en su palacio, nuestras charlas casi banales me entretenían sobremanera, tanto así que terminábamos de hablar por teléfono a medianoche. Algo similar ocurría en los recreos del colegio San Martín, cuando mis amigas curiosas por poco exigían detalles de cada encuentro con mi ser amado y llegábamos tarde a la clases.
Pronto llegó el invierno y las tardes frías me anunciaban abrazos cariñosos y una tasa de café con leche en nuestro bar favorito sobre la Avenida del Libertador. Sin embargo, una tarde gris me encontraría sin sonrisas y sin sueños.
Este muchacho de sedosos y rubios cabellos, me contaba con preocupación que debía partir con urgencia a su ciudad natal, Oberá, Misiones. Su madre sufría de una enfermedad, nunca confirmada.
   Cuando llegue, te llamo y te aviso, no te preocupes mi amor — me dijo. La promesa estaba hecha y el tiempo lo diría todo.
Marcos no volvió a aparecer y así la tristeza tiñó de negro el invierno de 1997. La melancolía y el desgano se empecinaban en acompañarme en cada momento. ¿Por qué? Era la pregunta infinita sin respuesta. Lo que había vivido, quizás real, quizás utopía, era solo un recuerdo constante en mi mente, una marca de dolor en mi joven corazón que no había experimentado tal decepción. 
El primer amor me trajo un torbellino de fantasías, una ráfaga de ilusiones, una felicidad que vio florecer margaritas y jazmines en pleno otoño, besos y abrazos interminables,  pero también las primeras lágrimas y el desencanto de una historia tierna, fugaz e inolvidable.

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